domingo, 16 de enero de 2011

Un pequeño regalo, una victoria


Hace unos años, yo no lloraba por el Real Valladolid. No lo sentía como una parte inherente a mí, de la que no me podía desprender. Hoy, todo es diferente, porque poco a poco ha ido introduciéndose en mi vida y ya no me deja escapar. Tampoco quiero, aunque sus brazos me hagan daño en muchas ocasiones.

Ese sentimiento, ese amor por un escudo al que tomas como parte de tu personalidad, de tu ‘curriculum vitae’, no llegó solo. Alguien me lo presentó. Mi ‘padrino pucelano’. Él no pudo acudir a ver a su equipo, como hace cada domingo, porque lloró una de las derrotas más dolorosas de su vida.

Pero el destino tiene siempre guardado pequeñas sorpresas, diminutas dosis de alegría que en forma de goles consiguen equilibrar una balanza ya de por sí inestable. Una balanza decantada a favor del Real Valladolid, por fin. Porque la agonía de ver pasar los puntos de tres en tres, estaba ahogándonos a todos, y creando un ambiente con olor a pólvora.

El problema, ni mucho menos, está solventado. El equipo ha vencido, se ha situado a un punto de la promoción de ascenso – cerrada por el Granada y sus 27 puntos- y da por zanjada la excusa, el discurso, de Abel Resino, en el que apostaba por una victoria para liberar esa teórica ansiedad imperturbable que no dejaba al equipo poder desplegar su juego y, en consecuencia, obtener resultados.

Ahora se cierra esa libreta de lo típico. Y se abre otra: ¿se dará comienzo a una dinámica de buenos resultados? ¿Efectivamente, volverán a engancharse en los puestos de arriba? Y lo que es más importante: ¿podrán empezar a jugar a fútbol, a convencer a una parroquia cansada, ávida de sensaciones mostradas en el césped?

Por lo pronto, el primer triunfo de la etapa de Abel ha llegado. Primer objetivo conseguido, aunque tardío. Las metas próximas se tornan más escarpadas: crear una racha de resultados, mantenerla y, por inercia, jugar bien. Y no a fogonazos de un jugador supuestamente engatusado por ofertas de otros equipos, como es Guerra.

Y es que el bravo delantero malagueño marcó las diferencias de nuevo. Se vistió de efectividad, de oportunismo y de calidad, para marcar los dos goles que le dieron la tan ansiada victoria a un club poseedor de unas grietas considerables que le están haciendo temblar desde que se consiguió la última victoria en casa.

Sirvieron dos goles, dos jugadas de verticalidad, que salieron de las botas del lateral Peña, protagonista por ser el autor de las dos asistencias de gol. La primera, a los 31 minutos de juego, en un partido de silencios tediosos y libretas en mano en busca de errores, detalles, y cambios. De los últimos, pocos se pudieron anotar.

El lateral centró desde su flanco a un Guerra que remató de forma impecable con la cabeza. Un gol aislado, llegado desde la nada, pues el Real Valladolid, fragmentado en dos, no conectaba con el ataque. Costaba que la sangre corriera por las bandas. Se estancaba en la medular y Guerra no la olía donde tenía que comérsela.

El equipo pucelano controlaba, no obstante, a un Huesca que no disparó entre los tres palos custodiados por el paraguayo Justo Villar. Sin artillería para el ataque, los chicos de ‘One’ se limitaron a impedir el juego local, mediante una considerable presión.

En la segunda mitad, Sisinio jugó con una velocidad más, y creó peligró en la zona de tres cuartos. Fue el reflejo de las ganas de cambiar un rumbo repleto de imprecisiones, errores y paredes incorruptibles.

En el minuto 11, se produjo un cambio que alternó sutilmente el partido. El extremo Jofre Mateu fue sustituido por el medio Matabuena, posicionado al lado de Rubio, por lo que Alonso jugó, algo adelantado, entre los dos pivotes y el ariete, y Sisi se trasladó a la banda izquierda.

El centro del campo, más sólido, con un Matabuena duro y decidido, cortaba cualquier iniciativa oscense por alterar el resultado. Pese a ello, dispusieron de un libre indirecto desperdiciado que inquietó a la afición blanquivioleta.

De nuevo, cuando mediaba el segundo periodo, Guerra demostró su valor diferencial. Peña le sirvió un balón que controló con el pecho, bajó, e introdujo con prolongada incertidumbre en la meta del portero del Huesca, Andrés.

Desde el momento del gol, el Real Valladolid jugó, naturalmente, con menos presión, algo que se pudo percibir en una grada que vio el cambio de Nauzet, en el minuto 27 por un cuestionado Antón, y la entrada de otro jugador en el punto de mira, Óscar, en el lugar de Jorge Alonso.

Los cambios no rellenaron mi libreta de notas. Álvaro Antón ofreció dos quiebros de calidad y Óscar pecó de previsible en un pase al propio Antón, interceptado por la defensa del Huesca. El medio burgalés desperdició una oportunidad brindada por Sisi, colofón a un partido que, de ser recordado, lo hará por algo fundamental: la victoria.

La grada, sin embargo, no terminó convencida del juego brindado por los suyos, pues aún no se deja ver ese equipo enchufado, fluido, que transmita seguridad, confianza. Para ello, queda. La próxima semana, siguiente examen de la asignatura más temible para el Real Valladolid esta temporada: cómo ganar a domicilio. En Alcorcón, partido para construir un camino.

lunes, 10 de enero de 2011

¿Se ha tocado fondo?



Cuando un equipo de fútbol se arrastra por los terrenos de juego, deshonra a su escudo, muestra una indolencia a la vista de todos, navega sin rumbo, juega un fútbol quebrado, desconfiado, sin querer el balón, temeroso a perderlo cuando lo posee, y también a ganar, la desafección por parte de los aficionados es inevitable.

Decepciones incesantes, cada semana, en cada partido ante cualquier rival, ya habite en la zona alta de la clasificación o en lo más profundo de la agonía. Eso nos está regalando nuestro Real Valladolid. Sinsabores, desilusión. Y, aun así, seguimos ahí, sintonizando desde la distancia una radio que, con interferencias, pueda acercarnos lo que nuestro equipo de fútbol de toda la vida está haciendo.

Desde la lejanía, unos sufren y se inquietan en un grado que ni los futbolistas en el campo, o los ‘mandamases’ desde sus cómodas perspectivas, no pueden igualar. Otros seguidores, con la sincera suerte de tener cerca a su club del corazón, no alcanzan a oler el cansancio de los jugadores que visten una camiseta blanca y morada, que algún día, hace años, decía algo en el panorama futbolístico nacional. No alcanzan a distinguir el esfuerzo, la lucha, la confianza, el compromiso, la unión. No ven esa actitud por ningún lado, y eso que los 11 están delante de sus ojos.

Termina el partido, miradas sin punto fijo, por propia vergüenza, de aquellos futbolistas que mantienen al menos una reducida dosis de ella y les importa levantar a un club con una enfermedad interna terrible que le debilita desde su interior y se contagia a los que quieren al Real Valladolid. A los que lo llevan adentro. Jugadores conscientes de que la mano que les da de comer es venenosa; y sus dedos punzantes, peligrosos, diabólicos.

Entre todos lo están matando desde hace mucho. Los síntomas se vistieron, desde que la derrota conoció al equipo en Sevilla, con una capa invisible que no dejó descubrirlos hasta que el problema chocó delante de nuestras narices. Íbamos dejando pasar las semanas, victoriosas, hacia otras con derrota que transformaban sus colores optimistas y seguros, a otros más borrosos, menos alegres, menos claros.

Primero, aceptamos declaraciones:” Fue mala suerte”, “no supimos matar el partido”, para más tarde ver cómo se daba inicio a la temida justificación,” nos ha podido la ansiedad”, y terminar agarrándose al clavo de la victoria inminente para salir de un bache cíclico de 360º, “la victoria nos liberará de la ansiedad”. Los síntomas de la afección ya no se esconden. Toca el turno de las consecuencias, de las secuelas.

Este turno ha comenzando y trae consigo el levantamiento de una afición que ya no soporta esa mano insaciable, intocable, que tanto está dañando a ellos y a un equipo que se aleja, a pasos agigantados, de un escudo que se está haciendo viejo.

Unas zarpas que están originando un ambiente insostenible, y aplastan la cabeza del Real Valladolid cuando intenta levantarse. El temor surge cuando por cada derrota, me doy cuenta de que le tiemblan más unas piernas que han dejado de correr con sentido, que no disfrutan tocando el balón, no se apoyan unas a otras, y no chutan a gol.

Mientras tanto, vemos impotentes como ese equipo del que nos hemos sentido orgullosos, por su historia, por lo que significa para cada uno de nosotros, no logra salir a flote. Porque cuando lo intenta, esa todopoderosa mano recuerda su poder y le envía a un fondo del que sólo puede salir a base de esfuerzo, intensidad, confianza y compañerismo. Sólo podrá liberarse de esa enfermedad que está soportando cuando su interior esté realmente limpio.

martes, 4 de enero de 2011

Miedo a ganar




Un año de cambios. Eso es indudable. El Real Valladolid vivirá un 2011 que le aguarda lleno de transformaciones, de experiencias, de manifestaciones, de críticas, silbidos, cánticos de celebración , decepciones, la marcha de futbolistas irresponsables cuyos egos y falta de profesionalidad superan la paciencia de cualquier directivo y entrenador, etc.

Este año que da comienzo entre revueltas, quejas y heridas abiertas. De las que necesitan muchos puntos. Como los que necesita el conjunto de Abel Resino para lograr el ascenso que se aleja cada semana, al igual que las ilusiones de los abonados que asisten cada dos semanas al estadio, o de los que, en la lejanía, alzan su voz cuando el equipo pucelano marca un gol que lo acerca a la zona de playoffs.

El primer partido del año se asemejó al típico regalo que ya estamos acostumbrados a recibir. A ese par de calcetines que Santa Claus nos deja en el árbol navideño para dar la noche del 24 de diciembre por buena. El mismo guión, mismo cuento , similar desenlace.

El Real Valladolid volvió a dejarse dos puntos, esta ocasión en su feudo, ante un Tenerife que jugó muy poco, pero que tuvo control en el centro del campo en algunas fases del partido. Un bloque canario que otorgó la corona de líder a Nino. Incombustible, eléctrico, potente pese a su pequeña estatura. Un peligro constante para la defensa del Real Valladolid, autor del primer gol tinerfeño. Un tanto que aplacó la alegría de una grada morada feliz por el gol conseguido apenas un minuto antes, obra de Óscar González.

Los murmullos en la grada, los mismos de siempre. En el primer gol, apenas imperceptibles, pues la indiferencia y agotamiento de la afición era mucho mayor que cualquier otra reacción antagónica. El público callaba, observaba a un equipo con posibilidades, ocasiones, que no terminaba de encantar. Ni asombrar.

No obstante, hubo un momento de paréntesis. Un instante en que la grada, sorprendida, se levantaba de los sucios asientos morados y blancos que conforman el estadio José Zorrilla. Por fin, la calidad había hecho acto de presencia entre el tedio y la ansiedad reinante. Nació en las botas de un canario en estado de hipermotivación: Nauzet Alemán. Enfrente de sí, la barrera chicharrera del equipo rival por antonomasia de sus orígenes, Las Palmas.

Se dispuso a sacar la falta, y lo hizo con maestría. Anotó un golazo que volvía a poner por delante al equipo vallisoletano y lo acercaba al nuevo objetivo - ahora se torna realista y de urgente necesidad: la 6ª posición-. Si bien, con poco juego, sin continuidad y sin fortuna, es muy fácil que el partido se escape.

El CD Tenerife intentó, pese al golazo de falta del Real Valladolid, buscar un empate más que obligado para el equipo de Mandía. No supuso peligro alguno para la portería de un Justo Villar que estrenaba titularidad en detrimento de Jacobo.

Tras el descanso, el partido tomó otro cariz. En 45 minutos dio tiempo a ver a un Real Valladolid protagonista de ocasiones evidentes de gol, a un Tenerife cuyo nivel aumentaba conforme el balón se acercaba al área de su rival, y una revolución táctica encabezada por Abel Resino.

Cambios en el centro del campo que han levantado ampollas en estos días posteriores al choque. En el minuto 60, Rueda fue sustituido por el centrocampista charro Jorge Alonso, el cual pasaría a jugar por delante del otro volante, Álvaro Rubio. Es cierto que el enérgico canterano Jesús Rueda no tuvo su mejor partido, ni se mostró cómodo en la medular. Jugaba apocado, sin espacio, sin recorrido. Enjaulado entre su línea defensiva y su compañero Rubio.

Como se está criticando, y pienso que con acierto, un jugador del recorrido y potencia de este futbolista, ha de jugar algo más adelantado, con espacio como para poder llegar a la zona del mediapunta con facilidad. De la forma en la que se dispuso en el partido, se perdía la mitad de un futbolista. Poderío disminuido, o lo que es lo mismo, centro del campo infrautilizado.

Con Jorge Alonso se ganaba un medio más creativo, que buscó constantes aperturas a las bandas, generadoras de todo el peligro vallisoletano, cuando éste llegaba. El Real Valladolid conseguía disputar los mejores momentos de juego de partido, y se hilvanaban jugadas que terminaba en ocasiones manifiestas de gol.

Una de ellas, originada en un balón servido por Jofre a Javi Guerra –desesperado durante todo el partido-, que cabeceó a bocajarro en dos ocasiones. En la segunda, pareció que el balón traspasaba la línea, aunque un soberbio Sergio Aragoneses lo sacó desde el suelo. Si no entraba ese balón, no lo haría ninguno.

Antes del cambio de Óscar por Baraja -que asimismo ha supuesto otro germen de opinión- el mediapunta salmantino remató de cabeza, en mala posición, un balón habilitado en un centro por Nauzet, parado de forma elegante por el portero tinerfeño.

El sistema, debido a la inclusión de Baraja en el centro del campo en un papel de pivote acompañante de Rubio, no funcionó. Dos pivotes de corte defensivo se situaban por detrás de un jugador organizador, Jorge Alonso, pero sin la suficiente velocidad y características que requiere un media punta al uso o un segundo delantero.

Adiós a la creación de jugadas de peligro. El conjunto pucelano no llegaba con la misma intensidad que antes del cambio, y, para más inri, Nauzet –uno de los jugadores más activos e incisivos del partido -, pidió la sustitución a favor de otro jugador de banda: Álvaro Antón.

El cambio no surtió efecto, al menos positivo. Si bien el Tenerife no llegaba, no generaba una impresión de amenaza creciente, el Real Valladolid veía que pasaban los minutos y el resultado seguía siendo peligroso. Lamentaba que la posibilidad de haber sentenciado, gracias a las ocasiones creadas en la segunda mitad, se quedó en oportunidad perdida.

Entonces, llegó la ansiedad de la que tanto habla Abel Resino. La victoria estaba más cerca que nunca, y eso les superó. No midieron de forma óptima el tramo final de partido, y el Tenerife no desaprovechó su ocasión de oro. Libre indirecto aprovechado por Iriome que, elevándose por encima de toda la defensa pucelana, remató de cabeza un balón que entró por la derecha de la meta defendida por Justo Villar.

Minuto 85, murmullos que ya despertaban y entonaban los más severos insultos hacia el equipo, y por consiguiente hacia la directiva. Personas que abandonaban sus asientos, cabizbajas, y que sentían que su equipo sufría una de las enfermedades más peligrosas en el fútbol: miedo a ganar.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Diversas formas de perder



Existen diversas formas de perder, de salir derrotado: Mediante humillación, en el último instante, por lógica, por robo...o por mala fortuna. Maneras de caer conocemos muchas. Una de las más comunes es la que vimos con el Real Valladolid en el Nuevo Arcángel de Córdoba.

Una derrota que bien podría haber sido perpetrada por una bruja oscura que hubiera lanzado un mal de ojo al conjunto blanquivioleta. Porque lo que ocurrió en Córdoba fue mala fortuna. Muy mala.

Más, cuando se vio a un equipo que jugó fuera de casa sin angustia ni miedo, y con el convencimiento de la victoria. Más, en un partido en que el equipo pucelano fue superior al rival, y gozó de ocasiones para poder llevarse algo más que un viaje envuelto en lluvia, demasiada lluvia.

Ésta fue protagonista cruel de un espectáculo alejado de lo entendido como fútbol. Un show de charcos que frenaban el esférico cuando intentaba rodar hacia la portería de Alberto García o Jacobo. Un show, que en la segunda mitad, podría haber puesto punto y final para preservar la integridad de los futbolistas, visto que de fútbol, poco.

Mientras el terreno de juego y el agua, que caía sin cesar, permanecieron en un segundo plano, el Real Valladolid pudo practicar fútbol, mejor que el Córdoba de Lucas Alcaraz. Alejado de la imagen ofrecida en otros encuentros jugados a domicilio, en éste los de Abel Resino acudieron directamente a por la victoria. Sin especular, sin mantenerse en una demostrada inútil retaguardia a la espera de un contragolpe mortal.

Un Álvaro Antón que parece resurgir gracias al técnico toledano del Real Valladolid, jugó de titular y buscó las jugadas ofensivas de los blanquivioletas. Creó peligro, ocupando la banda derecha desde la que tiró diagonales al centro donde le esperaba un Sisí que está comenzando acostumbrarse a jugar de enganche, por detrás de Javier Guerra.

El delantero malagueño protagonizó, a la media hora de partido, una de las tres jugadas más destacadas del Real Valladolid de la primera mitad, tras chutar y poner a prueba a un Alberto García, portero cordobesista, que fue uno de los jugadores más valorado de un choque pasado por agua.

El R. Valladolid quería más. Quería demostrar que aún no estaba muerto, que le ha crecido unas garras enormes, que podía dar guerra y poner el escudo que portaba en posiciones de playoffs valedoras de un hito.

Un hito que se ha alejado unos metros más según marcan los números –actualmente el equipo de Abel Resino estaría en puestos de descenso si se toman las últimas estadísticas, en las que el equipo se deja los 3 puntos en cada visita, e incluso pierde su condición de fuerte en Zorrilla, tras una racha negativa con dos derrotas consecutivas frente a Cartagena y Numancia-.

La garra y el propósito fueron mostrados hasta que el terreno de juego digo basta. Esta garra fue escenificada en dos jugadas que pudieron significar el gol visitante si no hubiera actuado perfectamente Alberto García, quien blocó un remate de Marc a la salida de un córner y un disparo del burgalés Antón.

Por parte del conjunto blanquiverde, un veloz Pepe Díaz y el vengativo Sesma intentaron contrarrestar el dominio pucelano. Ambos auspiciados por uno de los gemelos Callejón: Juanmi –el otro, José, corre por el estadio Cornellá El Prat, sin charcos que le impidan progresar-.

En el segundo período la lluvia empeoró el césped del estadio cordobesista, impidiendo que se pudiera ver algo de ambos equipos. El juego no fluía, las tarjetas amarillas sustituían a las jugadas combinadas, y finalmente se pensó en suspender el partido. Se decretó que siguiera. Espada mortal para el Real Valladolid.

Por el medio del campo se hacía inviable desplazar la pelota, zona que se iba ampliando con el paso de los minutos y de la caída continua de agua. El juego ya no tenía dueño, por lo que el Real Valladolid buscó un cambio que ofreciera alguna alternativa en un partido jugado en una piscina gigantesca.

Para ello, se marchó el extremo Jofre que no disfrutó de un partido como el jugado en Valladolid la semana anterior, e ingresó Óscar González como segundo delantero. Así, Antón se cambió de posición y dejó a Sisinio por el flanco derecho, su banda natural.

Ciertamente, los cambios ni mejoraron ni empeoraron la situación del equipo. El juego dejó de existir tiempo antes, en el momento en que los charcos que complicaron en exceso la elaboración de jugadas, se convirtieron en lagunas verdes.

No obstante, Óscar González tuvo alguna ocasión para crear peligro en la meta cordobesista y se mostró activo, al igual que un canterano, Quique, sustituto por la izquierda de un buen Álvaro Antón.

Entonces, la forma de perder que le tocaba al Real Valladolid en esta ocasión se definió. En el minuto 81, Juanmi Callejón puso un balón al área que rebotó en los pies de Peña y entró engañando al meta Jacobo.

Desde el gol, el Real Valladolid vio truncadas sus intenciones de enmienda por las continuadas pérdidas de tiempo. Tampoco en el encuentro se vio mucho fútbol, pero sí un atisbo de esperanza, de que el equipo de Abel Resino puede cambiar su dinámica y resultados con el inicio del nuevo año. Un nuevo año que ha de dibujarse completamente distinto al que estamos despidiendo.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Casualidades


Las casualidades de la vida. Esas que consiguen que sonrías, bailes y rías en la noche soriana, después de perder 4-5 contra el Numancia. Casualidades por las que terminé viendo al Real Valladolid jugar contra el Numancia de Soria… en Soria. Y casualidades por las que me encontré en la misma noche soriana con algunos futbolistas del equipo numantino, que salieron de marcha con todo merecimiento. Y que pocas horas antes la habían ‘liado’ en Zorrilla y me habían dejado preocupado y cariacontecido.

Porque perder en casa, en el debut de Abel Resino, tras marcar 4 goles, 3 de ellos de Guerra –el mejor jugador del Real Valladolid junto con Jofre, Nauzet y Sisinio-, genera cuanto menos asombro. Y hacerlo, para más inri, después de ir ganando 2-0 y 3-1, te hace temblar. Y más cuando el Real Valladolid jugó a un fútbol más atractivo que el hasta ahora visto, con una clara faceta ofensiva. Con las líneas adelantadas, haciendo uso de una presión que agobió a la zaga numantina, al cual sufrió en exceso durante todo el encuentro.

En efecto, líneas adelantadas. De la ventaja, de la mejora que suponía jugar tan arriba, y por lo cual el equipo pucelano generaba más peligro y goles –nada más y nada menos que 4, pero 3 en la primera mitad-, se destapó la dificultad que suponía disputar el partido así: debilidad defensiva. Indudablemente, el enorme punto negro que apareció en el nuevo equipo de Abel Resino.

El pucela buscaba el ataque, en la mayoría de las ocasiones, por el costado derecho que habitaba Nauzet Alemán, jugador muy activo y que sirvió a para que el trigoleador Guerra consiguiera el primer gol, al botar un córner. Y esa faceta ofensiva que planteaban los blanquivioletas, la conexión que se formó entre Sisí, que jugó por el medio -escoltado por Rubio que volvía al once, y el inconstante Jorge Alonso, y el extremo Nauzet, protagonizó el grueso del ataque pucelano.

Además del ‘feeling’ evidente que pudimos ver entre Sisí y Nauzet , por el otro flanco, un Jofre hiper-activo creó mucho peligro y puso en serios problemas a su par. En una genial jugada por su banda izquierda, el catalán la colocó al interior del área, donde un enérgico Guerra consiguió su segundo tanto. Por el otro lado, el jugador que salió del equipo salmantino de Santa Marta, Cédric, ya empezaba a vérselas con Pedro López cuya velocidad y desborde fueron las principales armas del Numancia para contrarrestar el poder ofensivo del Real Valladolid.

Y comenzaron a verse los defectos de la defensa vallisoletana. Y lo hicieron desde que Pedro López tuviera que irse, lesionado. Entonces, me pregunté: ¿dónde estás, Barragán? No oí respuesta. Sólo vi a Javier Baraja entrar para ocupar el lateral. Empezaron a llegar las ocasiones del equipo de Unzúe, y también el primer gol.

Segundo error defensivo: pase al hueco de Barkero –back in the days-, a Cédric – the future-, que ganó la espalda a César Arzo y recortó la distancia a tan sólo un gol. El Numancia se empezó a soltar, el partido se abría y las defensas continuaban llamando la atención como aquel niño insolente y engreído. Ahora le tocaba a los de Resino recuperar la importante ventaja de dos goles, y lo hicieron gracias a una buena aportación ofensiva del lateral Guilherme, que por cada partido que transcurre me hace pensar más concienzudamente que podría jugar perfectamente delante de un lateral, con una proyección más atacante. Y es que en defensa tiene que mejorar muchos conceptos.

El lateral-extremo Guilherme desdobló a un Jofre que estaba disputando sus mejores minutos como jugador pucelano, y recibió de éste una pelota que habilitó para que Guerra la introdujera como pudo en la portería. 3-1 y hat-trick para el delantero pucelano. Todo se veía mejor desde una Soria que anochecía y observaba silenciosa la fragilidad de su defensa. Podía pensar en una buena quiniela, por fin. "Anticipado, bocazas mental".

Los locales presionaban de modo adecuado en la primera línea del equipo y comenzaban a tocar con mayor convencimiento la pelota, y parecía que convencían. Entonces sucedió una de las claves del partido: otro pase interior que superó la defensa pucelana, e Íñigo Vélez aprovechó para marcar un segundo gol que dejaba todo abierto en un partido que parecía de fútbol sala. ¡Ay, defensa mía, qué débil se te vio!

La segunda mitad fue la de la locura, la mezcla de sentimientos, conjeturas, goles, bajones anímicos, de culpables y afortunados. Un pucela que conseguía la tan ansiada posesión del balón, y que pudo haber dejado el partido 4-2 si el árbitro hubiera pitado el claro penalti sobre Sisinio añadía intensidad al juego, con Jofre como destacado tras el descanso y que se sentía un nivel por encima del resto.

Y cuando mejor estaba el Real Valladolid, un rayo de 18 años y de nombre Cédric corrió la banda izquierda y colgó un balón que Barkero envió dentro de la portería de Jacobo.Suponía el empate. Cinco minutos después, Arzo cometió un penalti que el mismo jugador numantino transformó para poner el 3-4. Remontada que no se quedó ahí y que cambió el dibujo de Abel Resino, al introducir a otro delantero, Keita, por Jofre y sustituir a Jorge Alonso por Álvaro Antón.

La épica, que cambiaba de dueño como últimamente el Real Valladolid de entrenador, estaba en manos de los pucelanos, que tenían que buscar el empate a 4 como fuera, para al menos conseguir un punto que dejara al equipo un poco más cerca de unos playoffs que, ya sí, son el objetivo último. Empujaban como podía para que no terminara en descalabro el primer test de Abel Resino, y un Arzo omnipresente cabeceó el gol del empate, a la salida de un córner, a 5 minutos del final.

Pero a 5 minutos del final el partido se podía inclinar de cualquier lado, porque el Numancia nunca se conformó con nada, ni tampoco el Real Valladolid, una vez que puso el empate a 4. Y a segundos del término, la balanza dio un golpe retumbante en forma del tercer gol para Barkero, dueño del equipo de Soria junto a Cédric. Un dúo que terminó con un Real Valladolid recién empezado.

Horas después bailaba en la fiesta soriana. Un 4-5 que buscaba olvidar hasta nuevo aviso no podía ensuciar esos momentos. Algún futbolista numantino también bailaba, -aunque no tan bien como lo hizo en el terreno de juego-, cerca del corro en el que yo me encontraba. Casualidades que me hacían sonreír, pues todos tienen derecho a la épica. Ya le tocará al Real Valladolid, si bien no sé cuándo.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Lavado de cara, y 'nueva temporada'

Semana de interés informativo máximo. De las que enriquecen el periodismo, de las que te enganchan. Y es que, desde la destitución de Antonio Gómez, han surgido innumerables noticias acerca del nombre del técnico que lo sucedería. Llegó el sábado, el día del partido en el Mini Estadi frente al filial del mejor equipo del mundo, y el entrenador seguía siendo una incógnita, para todos. Hoy se ha confirmado: Abel Resino, ex técnico del Atlético de Madrid, se hará cargo de la plantilla. Y contará con Torres Gómez.

Pero centrémonos en ayer. En el partido que enfrentó al equipo de Luis Enrique y al del entrenador ‘en funciones’, Javier Torres Gómez. Un hombre de los que se define “de la casa”. Y un hombre que ha dejado encantado a la totalidad de la plantilla en esta complicada e intrigante semana de entrenamientos, como Sisinio confirmó en su twitter: “J. Torres está capacitado de sobra para entrenarnos y estaríamos encantados”. No va a ser así, pero se mantendrá, si bien en un segundo plano, enriqueciéndose de fútbol para, quien sabe, entrenar en un futuro a un buen nivel.

Estas palabras de Sisinio fueron pronunciadas una vez terminado el choque en Barcelona. Un choque que, pese a un resultado que no fue del todo positivo (0-0), nos dejó un sabor de boca mucho más dulce que partidos anteriores. Y es que hubo verdaderos cambios respecto a pasadas jornadas.

Cambios que desde el primer instante del partido se percibieron. La presión. Agobiante, asfixiante, continua, complicaba en exceso la salida de balón de la zaga culé, y no permitía que hilvanaran jugadas. Primer paso bien hecho, ya que el filial del Barcelona busca la excelencia como su hermano mayor, y para ello necesita el balón.

Es cierto que tuvieron más posesión que el Real Valladolid en la primera mitad, pero unida a unas dificultades serias para jugar la pelota, algo que aprovechó el Real Valladolid para intentar crear peligro al portero Masip por medio de los córners. Ninguno consiguió nada. Punto a mejorar.

Pero tuvieron que llegar los siguientes 45 minutos para meternos en el partido. Para despertarnos y confirmar que este Real Valladolid había lavado su cara, ensuciada por el hastío acumulado en cada partido jugado fuera del estadio Nuevo José Zorrilla. No es que desplegaran un juego estratosférico, ni tuvieran una profundidad semejante, por analogía, a la del Barcelona campeón de liga el año pasado, pero ofrecían una intención: estaban enchufados y la bombilla parecía brillar. El equipo que dirigía fugazmente Javier Torres Gómez iba amontonando ocasiones que se estrellaban con el palo. Los chicos de Luis Enrique lo intentaron emular y conocieron el palo y también las manos de Jacobo, en un partido dinámico, rápido, vivo e intenso, en la segunda parte.

Llegó el 9º córner y Arzo, remató de cabeza al travesaño, con el consiguiente rechace de Rueda, fuera. Mala fortuna. Guerra, que empezaba a resolver sus diferencias con el balón, también dispuso de ocasiones claras para marcar, entre ellas un remate al larguero, así como la inmejorable oportunidad de gol que tuvo Jofre a principios de la segunda mitad o el disparo tímido de Jorge Alonso.

Más claridad, más llegada, pero igualmente, ningún gol. Faltó eso, porque el equipo mejoró, y en ello todos coinciden. Poco antes de la hora de los churros toda la plantilla pucelana llegó a casa, entre el descontrol aéreo de un fin de semana de información, e información, e información.

Ahora, tras el cese de las bombas noticiosas, el equipo empezará una nueva etapa a 10 puntos del líder de la categoría, el Betis. Abel Resino tomará un equipo con 22 puntos, oficialmente en zona de playoffs por el ascenso, ya que el Barça B, por su condición de filial no tiene derecho a disputarla, y cedería esa posición al 7º clasificado, actualmente el Real Valladolid.

Pero los números ahora han de dejarse aparcados en la cochera de las estadísticas, pues se estrena ‘nueva temporada’, dirigida y producida por un entrenador que tiene experiencia en la categoría, pero que no termina de convencer a la gran mayoría de aficionados del equipo blanquivioleta. El tiempo dictará, como siempre, como hizo con Gómez, como hizo con Mendilíbar, y como hará con Abel.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Y estalló el brick de zumo


He de decir que veía, bastante confiado, el panorama para el partido ante el Cartagena. Pensé que Antonio Gómez escribiría el mismo relato de 90 minutos de siempre. Victoria en casa, engancharse arriba –ocasión inmejorable por la multitud de tropiezos de los competidores directos-, y ver la vida con optimismo, pese a los nefastos resultados cosechados a domicilio.

Pero no. La historia cambió, y mucho. Porque además de haber caído derrotados en casa por vez primera en todo el campeonato, se hizo de una manera totalmente distinta al resto de encuentros con resultado final negativo. Se perdió siendo superiores, y mereciendo más. Aunque la superioridad no llegara a más, no llegara al gol.

Un Real Valladolid que salió dejando la iniciativa al Cartagena, pero que con el paso de los minutos fue acomodándose, recordando que jugaba en casa e intentando algo más. Pero poco, pues la primera mitad no llevó a conclusiones claras.

El cambio de sistema, jugando con Álvaro Antón un poco más atrás que el punta Guerra, y con los pivotes Jorge y Rueda, no evidenció ninguna mejora clara. Tan sólo el buen partido de Jesús, que se convirtió en un todoterreno en la medular cuando Jorge Alonso no corría, ni luchaba. Descompensación en el centro, e inutilidad en el cambio de Antón por Calle en la segunda mitad. Porque ayer ningún sistema táctico se impuso.

La zaga no tuvo demasiados problemas pues el Cartagena se limitó a jugar por detrás del balón, viéndolas venir e intentando alguna contra que no llegaba a ningún lado. Se diluyó como lo hicieron los primeros 45 minutos. Poquito juego, ninguna emoción.

Tras un descanso que me puso de muy mal humor, debido a los guardas de seguridad de las puertas que no dejaban volver a entrar estadio, aunque salieras únicamente un instante, dio comienzo una segunda mitad que aumentaría mi mal humor, y el de todos los aficionados, que lanzaban gritos contra el presidente y contra las jugadas inacabadas de un equipo blanquivioleta que no encontraba puerta, e instauraba un sentimiento de agonía por cada ocasión fallada.

Ocasiones que en la segunda mitad fueron llegando gracias a los córners y faltas que desde los laterales se lanzaban, pero en las que Guerra no actuaba como ese jugador que marca las diferencias en un equipo que no encuentra su camino, como se vio ayer. Esa desesperación, que iba in crescendo en la afición pucelana, se equiparaba a la de los futbolistas que no conseguían superar esa barrera impuesta por la zaga cartagenera, liderada por un Cygan muy duro y seguro.

Por otro lado, el conjunto visitante avisó con un lanzamiento al palo por parte de Toni Moral, y añadió un ingrediente más, y picante, para la impaciencia generada en cada uno de los pucelanistas que leían una historia diferente hasta la entonces conocida. Una historia en que el equipo intentaba algo más, y es que jugaba en casa, pero no conseguía nada, y, para más inri, terminaba con un final tan desconcertante como implacable: la derrota.

Toni Moral, artífice del gol que supuso el 0-1 para el Cartagena de un Víctor homenajeado y aplaudido en su sustitución, dejó el estadio más silencioso de lo que ya estaba, y un malhumor insostenible. Llegó el gol y estalló el brick de zumo en el interior de mi mochila.

Así, sólo nos quedaba observar como el equipo no se hundió de la forma en que lo hizo con cada gol recibido fuera del Estadio José Zorrilla, e incluso tuvo la inmejorable oportunidad de empatar gracias a un disparo al travesaño de Javi Guerra.

Pero la historia había variado. Llegó la hora del cambio de autor, que ya ni en casa escribía buenos guiones. Porque aquí, a diferencia de un casting de cine, a los protagonistas no se les puede echar. Al menos no inmediatamente. Y tienen margen de mejora y de error, del que un director novato, que se adentró en un proyecto arriesgado pero ambicioso, no disfruta. Veremos cómo actúa el nuevo entrenador del Real Valladolid.