domingo, 27 de febrero de 2011

Tres, tres, tres.


Parecía que el partido frente al Elche era una continuación del jugado con el Betis una semana antes. Mismo escenario, alineación prácticamente igual (con la variante de Óscar por el apercibido Jorge Alonso en la mediapunta), sensaciones dibujadas con los mismos rasgos.

El esquema, sencillo: poseer el balón, contener el centro del campo, liderarlo, jugar abiertos con Nauzet y la súper peligrosa banda derecha, y llegar a Guerra, incansable ‘killer’. Ello, con una defensa segura, ya parece que definida, mezcla de veteranía y ganas por aprovechar el momento que se brinda.

Bien, otorguemos los roles, entonces. A Nafti le toca ser el líder del centro del campo, porque demuestra un liderazgo, una entrega, y una lucha inusuales en la medular pucelana en últimas fechas. Junto a él, Baraja, su compañero de baile, el cual ya aprendió cuando jugó su mejor período de fútbol bajo las órdenes de Clemente.

Las bandas tienen un papel fijo desde hace tiempo para Nauzet Alemán. El mejor asistente del Real Valladolid, el jugador qué más peligro origina, y cuya conexión con Guerra queda fuera de toda duda. Es inefable. Vertical, peligroso, rápido. Un extremo que ante el Elche hizo doble daño, primero, centrando un balón hacia el área que controló Antón, víctima de una entrada de Mantecón que supuso penalti. Lo transformó el propio Nauzet, asestando su segundo golpe para anotar el primero de los dos tantos que el equipo de Abel Resino consiguió frente al conjunto ilicitano.

Por la izquierda jugó, como hizo ante el Betis, Álvaro Antón. Probablemente, esté disputando sus mejores minutos como blanquivioleta desde que retornara en verano. Y lo está haciendo jugando por la izquierda, combinando con el resto de jugadores de ataque y tirando diagonales incisivas. Con el medio campo de mayor desgaste, Antón tiene más libertad para hilar, moverse, entrar al centro y colaborar en las acometidas pucelanas. Qué fundamental, pues, la labor del nuevo doble pivote.

Nos centramos en la línea defensiva. Parece renacida. Ha tomado seguridad, se muestra contundente. Sin temor a equivocarme: es la defensa necesaria. Peña, luchador, seguro y físicamente muy apto, lleva corriendo por la banda zurda desde que Guilherme se decidiera a volverse loco. Y está cumpliendo correctamente. El centro de la zaga se ha renovado. 50% en enero con Juanito, 50% desde hace dos jornadas con la entrada de Jordi Figueras en el once inicial. Un jugador que poco antes de ese giro drástico, admitía sentirse frustrado por su prolongada titularidad, esta vez en el banquillo.

Dos centrales que aúnan fuerza, estabilidad, y también veteranía. Totalmente motivados. Justo lo que necesita el bloque. Y finalmente llegamos al lateral derecho. Barragán ha encontrado su sitio, y un compañero de banda de verdadero lujo, Nauzet. Con él protagoniza gran parte del peligro ofensivo del Real Valladolid, unido a un acertado trabajo defensivo. Se le ve preparado para la titularidad de la que ya goza.

La portería sí plantea alguna disyuntiva para el técnico Abel. Por la lesión del paraguayo Justo Villar, decidió alinear en el once a Jacobo, en lugar de Javi Jiménez. Es cierto que el actual portero vallisoletano ha mantenido su portería a 0 en los dos últimos encuentros, aunque ha protagonizado alguna acción dudosa, que pudo plantear problemas para la zaga pucelana. La afición no termina de verlo fijo bajo los palos, y esperan la recuperación total del cancerbero Justo.

La referencia del Real Valladolid, Javier Guerra, demuestra su inmensa implicación con el equipo, reflejada en cada abrazo a los compañeros cuando consiguen un gol. Lo firme él u otro futbolista. Son vitales sus desmarques, es indudable su inteligencia para elegir la mejor opción dentro del área, y todo ello se traduce en goles. Y más goles. Y no olvidemos su participación también defensiva.

Además, el banquillo responde a las expectativas. Aporta, suma, como hizo Jofre ante el Elche. Entró en el terreno de juego en sustitución de Óscar, y se inventó una jugada individual para enmarcar, zafándose de dos jugadores contrarios y finalizando con un toque suave al balón, que se coló por la izquierda del portero Jaime.
Pero tras la expulsión de Javi Baraja por roja directa, y la quinta amarilla para Barragán, la función del banquillo volverá a tornarse determinante. Jorge Alonso cumplió ciclo de tarjetas, y Pedro López, quien disputó los últimos minutos de partido, participará de titular en el lateral derecho. El pivote acompañante de Nafti será, presumiblemente, Matabuena, para mantener ese orden defensivo en el medio del campo.

Esta radiografía refleja en lo que el Real Valladolid se ha convertido con tres jornadas consecutivas sumando de tres en tres. Las sensaciones difieren de las vividas poco antes de la expulsión de Óscar en Huelva. El equipo se ha transformado, y para bien. Toca volver a empezar, seguir caminando por esta travesía, algo más dulce que la anterior. Nos lleva a Albacete, equipo cuyo efecto David Vidal no se ha dejado notar demasiado en el poco tiempo que lleva el entrenador en el equipo manchego. ¿Se volverá a notar el efecto de este ‘nuevo’ Real Valladolid?

Una derrota, aprendizaje.


Jugadores jóvenes que aprenden más con una derrota que con un título. Jugadores que ven como, por un fallo absurdo de un defensa joven en el área chica, se quedan sin el primer título en 6 años. Jugadores que hace 6 años jugaban a la play, manejaban ídolos como Henry o Pires en el Arsenal. Y seguramente ganaban. Ellos, en Wembley, arropados por los suyos, por su ciudad, han captado a la perfección el valor de la victoria. Con una derrota.

Entre lágrimas frustradas, el joven jugador británico Jack Wilshere, que completó un partido a un nivel defensivo digno de alabar y ofensivo en la medida en que tuvo la posibilidad, pese al juego mediocre del equipo londinense, recibía un amargo metal de subcampeón. Cesc, desde la grada, pensaba desilusionado que debía haber aparecido allí, en el centro del campo, rodeado de sus 9 compañeros de juego girando sobre él. Pero no podía, una vez más.

En el césped, al lado de Jack Wilshere, cerebro presencial del arsenal, futuro líder de la selección inglesa, sollozaba también Laurten Koscielny. Aunque sin ser visto, tapado por su camiseta roja, sabedor de su error infantil. Pero no se debe recordar esa mancha en su carrera próxima. Se tiene que borrar, pues el francés ha demostrado un nivel para defender al equipo del norte de Londres.

Lo que está claro, aunque ese grupo de jugadores, tras la derrota, no lo sientan, es que han adelantado varios capítulos de la asignatura gracias el gol postrero de Martins. Y el futuro les espera, al que no tardarán en llegar. Próxima lección: Camp Nou.

lunes, 21 de febrero de 2011

Aprendiendo a ganar


Todo hace indicar que están aprendiendo a ganar. Sí, ese equipo que hace dos semanas se veía sumido en una honda desesperación y apatía, ha conseguido dos victorias consecutivas ante dos rivales andaluces como son el Recreativo de Huelva y el Real Betis.

El entrenador toledano Abel Resino decidió mantener en lo posible el once que venció en el Colombino. La línea de la defensa se mantuvo intacta, jugó Nafti de titular junto con Baraja, Antón de inicio por la banda izquierda, Jorge Alonso por detrás de Javi Guerra, y Nauzet Alemán en su banda derecha natural. El cambio de la discordia: Jacobo finalmente se hizo con la titularidad en detrimento de Javi Jiménez, al haber caído lesionado Justo Villar.

Algunos de los futbolistas titulares el domingo han visto desde el banquillo gran parte del campeonato, como Jordi Figueras o Antonio Barragán. No obstante, no han bajado los brazos y han aprovechado esta nueva oportunidad que se les brinda para alcanzar la titularidad. Y con nota.

Jordi Figueras, en el centro de la zaga junto con Juanito, firmó un partido muy completo y serio. Bien situado, concentrado, se manejó perfectamente junto a un veterano, Juanito, abortando los ataques que intentaban nacer de un Emaná hiper presionado y de un Castro excesivo en su picardía. No encontraban huecos posibles para perforar la portería de Jacobo. Poco ofreció el Betis pese a disponer de alguna ocasión peligrosa mediante ataques rápidos.

Y ofreció poco porque el centro del campo pucelano se mostró férreo, bien colocado, unido e intenso. Nafti demostró muchas ganas, iniciativa. Buscó apoyos en corto, facilitar la conducción de balón por la medular. Un orden. Jugadores así hubo el año en que Mendilíbar ascendió al Real Valladolid. Sin estrellas, sin ‘carrerones’, quizá sin mucha calidad. Pero con el objetivo definido de remar en la misma dirección. Viendo a Jordi pensé lo mismo.

Perseverancia y trabajo que los teóricos suplentes han demostrado en el campo como titulares. Esa tenacidad ha dado 6 puntos. Me evoca tiempos pasados en que los Iñaki Bea, Víctor o Joseba Llorente luchaban cada balón y por un objetivo común. Otra pasta de futbolistas. Ante el Betis, ese espíritu de trabajo, de confianza y de cooperación salió a relucir, después de tantas semanas de derrotas abrazadas de dudas.

Por la banda derecha nació una relación interesante entre Nauzet y Barragán. Ambos ofrecieron buen juego tanto en ataque como en defensa, creando la mayoría de jugadas de peligro del conjunto blanquivioleta. Pero quien originó la jugada del único tanto del partido, fue un jugador que en banda izquierda no se encontraba muy a gusto: Álvaro Antón.

Pasó desapercibido en los primeros compases de partido, perdido en la izquierda. Así, decidió tirar diagonales, ir al centro, buscar la bola y crear peligro. Decidió armarse de media punta. A la media hora de partido deleitó al aficionado con un chut desde más de 30 metros de distancia que a punto estuvo de sorprender al portero bético. Minutos más tarde, fabricó una arriesgada pared con Nauzet, quien sirvió desde la derecha a un Guerra despierto, astuto, ‘9’. Goleador. Minuto 43 con gol de los que escuecen, y mucho, por llegar al filo del descanso.

En la segunda mitad, el pucela siguió demostrando que jugaba en casa, con unas ideas fielmente marcadas y manifiestas, lejos de lo dibujado en partidos anteriores con resultado de derrota. Incluso con los cambios, el equipo se mantuvo ‘equipo’. Nafti salió del terreno rodeado de aplausos por su entrega en el campo y entró en él Matabuena. Para edificar otro muro en la media.

El equipo verdiblanco intentó crear peligro, cambiar la dinámica, empatar, pero la defensa local siguió parando todo propósito de los jugadores adversarios. El Real Valladolid manejaba el esférico, controlaba el tempo del partido y transmitía una sensación que recordaba en algo a la de inicio de temporada, cuando el equipo ganaba. Que el partido no se iba a escapar.

No obstante, en el capítulo final de partido, el conjunto de Pepe Mel se decidió con más ímpetu en acercarse al área de Jacobo. El Real Valladolid, por su parte, tras ingresar en el terreno de juego Jofre –sustituyendo a Nauzet- y Rueda por Alonso, continuó con tranquilidad y seguridad, representada en una defensa en estado de gracia. Una defensa de todos. Sin replegarse, con descaro, encontraron alguna contra protagonizada por Antón cambiado a la banda derecha y Jofre, que contrarrestó los ataques del rival.

Un equipo bien armado y unido, con un objetivo definido y motivado fue el Real Valladolid el domingo durante 90 minutos. Próximo rival, un Elche mermado por la sensible baja de Linares, referente del equipo ilicitano en esta temporada. El conjunto pucelano también tendrá que prescindir de Jorge Alonso al haber sido apercibido ante el Betis.

¿Quién ocupará, entonces, la media punta? ¿Un Álvaro Antón que ha demostrado ser válido en esa zona del campo? ¿Retornará Sisinio u Óscar? En manos de Abel Resino radica la decisión final. Aunque yo creo que lo tengo claro.

domingo, 16 de enero de 2011

Un pequeño regalo, una victoria


Hace unos años, yo no lloraba por el Real Valladolid. No lo sentía como una parte inherente a mí, de la que no me podía desprender. Hoy, todo es diferente, porque poco a poco ha ido introduciéndose en mi vida y ya no me deja escapar. Tampoco quiero, aunque sus brazos me hagan daño en muchas ocasiones.

Ese sentimiento, ese amor por un escudo al que tomas como parte de tu personalidad, de tu ‘curriculum vitae’, no llegó solo. Alguien me lo presentó. Mi ‘padrino pucelano’. Él no pudo acudir a ver a su equipo, como hace cada domingo, porque lloró una de las derrotas más dolorosas de su vida.

Pero el destino tiene siempre guardado pequeñas sorpresas, diminutas dosis de alegría que en forma de goles consiguen equilibrar una balanza ya de por sí inestable. Una balanza decantada a favor del Real Valladolid, por fin. Porque la agonía de ver pasar los puntos de tres en tres, estaba ahogándonos a todos, y creando un ambiente con olor a pólvora.

El problema, ni mucho menos, está solventado. El equipo ha vencido, se ha situado a un punto de la promoción de ascenso – cerrada por el Granada y sus 27 puntos- y da por zanjada la excusa, el discurso, de Abel Resino, en el que apostaba por una victoria para liberar esa teórica ansiedad imperturbable que no dejaba al equipo poder desplegar su juego y, en consecuencia, obtener resultados.

Ahora se cierra esa libreta de lo típico. Y se abre otra: ¿se dará comienzo a una dinámica de buenos resultados? ¿Efectivamente, volverán a engancharse en los puestos de arriba? Y lo que es más importante: ¿podrán empezar a jugar a fútbol, a convencer a una parroquia cansada, ávida de sensaciones mostradas en el césped?

Por lo pronto, el primer triunfo de la etapa de Abel ha llegado. Primer objetivo conseguido, aunque tardío. Las metas próximas se tornan más escarpadas: crear una racha de resultados, mantenerla y, por inercia, jugar bien. Y no a fogonazos de un jugador supuestamente engatusado por ofertas de otros equipos, como es Guerra.

Y es que el bravo delantero malagueño marcó las diferencias de nuevo. Se vistió de efectividad, de oportunismo y de calidad, para marcar los dos goles que le dieron la tan ansiada victoria a un club poseedor de unas grietas considerables que le están haciendo temblar desde que se consiguió la última victoria en casa.

Sirvieron dos goles, dos jugadas de verticalidad, que salieron de las botas del lateral Peña, protagonista por ser el autor de las dos asistencias de gol. La primera, a los 31 minutos de juego, en un partido de silencios tediosos y libretas en mano en busca de errores, detalles, y cambios. De los últimos, pocos se pudieron anotar.

El lateral centró desde su flanco a un Guerra que remató de forma impecable con la cabeza. Un gol aislado, llegado desde la nada, pues el Real Valladolid, fragmentado en dos, no conectaba con el ataque. Costaba que la sangre corriera por las bandas. Se estancaba en la medular y Guerra no la olía donde tenía que comérsela.

El equipo pucelano controlaba, no obstante, a un Huesca que no disparó entre los tres palos custodiados por el paraguayo Justo Villar. Sin artillería para el ataque, los chicos de ‘One’ se limitaron a impedir el juego local, mediante una considerable presión.

En la segunda mitad, Sisinio jugó con una velocidad más, y creó peligró en la zona de tres cuartos. Fue el reflejo de las ganas de cambiar un rumbo repleto de imprecisiones, errores y paredes incorruptibles.

En el minuto 11, se produjo un cambio que alternó sutilmente el partido. El extremo Jofre Mateu fue sustituido por el medio Matabuena, posicionado al lado de Rubio, por lo que Alonso jugó, algo adelantado, entre los dos pivotes y el ariete, y Sisi se trasladó a la banda izquierda.

El centro del campo, más sólido, con un Matabuena duro y decidido, cortaba cualquier iniciativa oscense por alterar el resultado. Pese a ello, dispusieron de un libre indirecto desperdiciado que inquietó a la afición blanquivioleta.

De nuevo, cuando mediaba el segundo periodo, Guerra demostró su valor diferencial. Peña le sirvió un balón que controló con el pecho, bajó, e introdujo con prolongada incertidumbre en la meta del portero del Huesca, Andrés.

Desde el momento del gol, el Real Valladolid jugó, naturalmente, con menos presión, algo que se pudo percibir en una grada que vio el cambio de Nauzet, en el minuto 27 por un cuestionado Antón, y la entrada de otro jugador en el punto de mira, Óscar, en el lugar de Jorge Alonso.

Los cambios no rellenaron mi libreta de notas. Álvaro Antón ofreció dos quiebros de calidad y Óscar pecó de previsible en un pase al propio Antón, interceptado por la defensa del Huesca. El medio burgalés desperdició una oportunidad brindada por Sisi, colofón a un partido que, de ser recordado, lo hará por algo fundamental: la victoria.

La grada, sin embargo, no terminó convencida del juego brindado por los suyos, pues aún no se deja ver ese equipo enchufado, fluido, que transmita seguridad, confianza. Para ello, queda. La próxima semana, siguiente examen de la asignatura más temible para el Real Valladolid esta temporada: cómo ganar a domicilio. En Alcorcón, partido para construir un camino.

lunes, 10 de enero de 2011

¿Se ha tocado fondo?



Cuando un equipo de fútbol se arrastra por los terrenos de juego, deshonra a su escudo, muestra una indolencia a la vista de todos, navega sin rumbo, juega un fútbol quebrado, desconfiado, sin querer el balón, temeroso a perderlo cuando lo posee, y también a ganar, la desafección por parte de los aficionados es inevitable.

Decepciones incesantes, cada semana, en cada partido ante cualquier rival, ya habite en la zona alta de la clasificación o en lo más profundo de la agonía. Eso nos está regalando nuestro Real Valladolid. Sinsabores, desilusión. Y, aun así, seguimos ahí, sintonizando desde la distancia una radio que, con interferencias, pueda acercarnos lo que nuestro equipo de fútbol de toda la vida está haciendo.

Desde la lejanía, unos sufren y se inquietan en un grado que ni los futbolistas en el campo, o los ‘mandamases’ desde sus cómodas perspectivas, no pueden igualar. Otros seguidores, con la sincera suerte de tener cerca a su club del corazón, no alcanzan a oler el cansancio de los jugadores que visten una camiseta blanca y morada, que algún día, hace años, decía algo en el panorama futbolístico nacional. No alcanzan a distinguir el esfuerzo, la lucha, la confianza, el compromiso, la unión. No ven esa actitud por ningún lado, y eso que los 11 están delante de sus ojos.

Termina el partido, miradas sin punto fijo, por propia vergüenza, de aquellos futbolistas que mantienen al menos una reducida dosis de ella y les importa levantar a un club con una enfermedad interna terrible que le debilita desde su interior y se contagia a los que quieren al Real Valladolid. A los que lo llevan adentro. Jugadores conscientes de que la mano que les da de comer es venenosa; y sus dedos punzantes, peligrosos, diabólicos.

Entre todos lo están matando desde hace mucho. Los síntomas se vistieron, desde que la derrota conoció al equipo en Sevilla, con una capa invisible que no dejó descubrirlos hasta que el problema chocó delante de nuestras narices. Íbamos dejando pasar las semanas, victoriosas, hacia otras con derrota que transformaban sus colores optimistas y seguros, a otros más borrosos, menos alegres, menos claros.

Primero, aceptamos declaraciones:” Fue mala suerte”, “no supimos matar el partido”, para más tarde ver cómo se daba inicio a la temida justificación,” nos ha podido la ansiedad”, y terminar agarrándose al clavo de la victoria inminente para salir de un bache cíclico de 360º, “la victoria nos liberará de la ansiedad”. Los síntomas de la afección ya no se esconden. Toca el turno de las consecuencias, de las secuelas.

Este turno ha comenzando y trae consigo el levantamiento de una afición que ya no soporta esa mano insaciable, intocable, que tanto está dañando a ellos y a un equipo que se aleja, a pasos agigantados, de un escudo que se está haciendo viejo.

Unas zarpas que están originando un ambiente insostenible, y aplastan la cabeza del Real Valladolid cuando intenta levantarse. El temor surge cuando por cada derrota, me doy cuenta de que le tiemblan más unas piernas que han dejado de correr con sentido, que no disfrutan tocando el balón, no se apoyan unas a otras, y no chutan a gol.

Mientras tanto, vemos impotentes como ese equipo del que nos hemos sentido orgullosos, por su historia, por lo que significa para cada uno de nosotros, no logra salir a flote. Porque cuando lo intenta, esa todopoderosa mano recuerda su poder y le envía a un fondo del que sólo puede salir a base de esfuerzo, intensidad, confianza y compañerismo. Sólo podrá liberarse de esa enfermedad que está soportando cuando su interior esté realmente limpio.

martes, 4 de enero de 2011

Miedo a ganar




Un año de cambios. Eso es indudable. El Real Valladolid vivirá un 2011 que le aguarda lleno de transformaciones, de experiencias, de manifestaciones, de críticas, silbidos, cánticos de celebración , decepciones, la marcha de futbolistas irresponsables cuyos egos y falta de profesionalidad superan la paciencia de cualquier directivo y entrenador, etc.

Este año que da comienzo entre revueltas, quejas y heridas abiertas. De las que necesitan muchos puntos. Como los que necesita el conjunto de Abel Resino para lograr el ascenso que se aleja cada semana, al igual que las ilusiones de los abonados que asisten cada dos semanas al estadio, o de los que, en la lejanía, alzan su voz cuando el equipo pucelano marca un gol que lo acerca a la zona de playoffs.

El primer partido del año se asemejó al típico regalo que ya estamos acostumbrados a recibir. A ese par de calcetines que Santa Claus nos deja en el árbol navideño para dar la noche del 24 de diciembre por buena. El mismo guión, mismo cuento , similar desenlace.

El Real Valladolid volvió a dejarse dos puntos, esta ocasión en su feudo, ante un Tenerife que jugó muy poco, pero que tuvo control en el centro del campo en algunas fases del partido. Un bloque canario que otorgó la corona de líder a Nino. Incombustible, eléctrico, potente pese a su pequeña estatura. Un peligro constante para la defensa del Real Valladolid, autor del primer gol tinerfeño. Un tanto que aplacó la alegría de una grada morada feliz por el gol conseguido apenas un minuto antes, obra de Óscar González.

Los murmullos en la grada, los mismos de siempre. En el primer gol, apenas imperceptibles, pues la indiferencia y agotamiento de la afición era mucho mayor que cualquier otra reacción antagónica. El público callaba, observaba a un equipo con posibilidades, ocasiones, que no terminaba de encantar. Ni asombrar.

No obstante, hubo un momento de paréntesis. Un instante en que la grada, sorprendida, se levantaba de los sucios asientos morados y blancos que conforman el estadio José Zorrilla. Por fin, la calidad había hecho acto de presencia entre el tedio y la ansiedad reinante. Nació en las botas de un canario en estado de hipermotivación: Nauzet Alemán. Enfrente de sí, la barrera chicharrera del equipo rival por antonomasia de sus orígenes, Las Palmas.

Se dispuso a sacar la falta, y lo hizo con maestría. Anotó un golazo que volvía a poner por delante al equipo vallisoletano y lo acercaba al nuevo objetivo - ahora se torna realista y de urgente necesidad: la 6ª posición-. Si bien, con poco juego, sin continuidad y sin fortuna, es muy fácil que el partido se escape.

El CD Tenerife intentó, pese al golazo de falta del Real Valladolid, buscar un empate más que obligado para el equipo de Mandía. No supuso peligro alguno para la portería de un Justo Villar que estrenaba titularidad en detrimento de Jacobo.

Tras el descanso, el partido tomó otro cariz. En 45 minutos dio tiempo a ver a un Real Valladolid protagonista de ocasiones evidentes de gol, a un Tenerife cuyo nivel aumentaba conforme el balón se acercaba al área de su rival, y una revolución táctica encabezada por Abel Resino.

Cambios en el centro del campo que han levantado ampollas en estos días posteriores al choque. En el minuto 60, Rueda fue sustituido por el centrocampista charro Jorge Alonso, el cual pasaría a jugar por delante del otro volante, Álvaro Rubio. Es cierto que el enérgico canterano Jesús Rueda no tuvo su mejor partido, ni se mostró cómodo en la medular. Jugaba apocado, sin espacio, sin recorrido. Enjaulado entre su línea defensiva y su compañero Rubio.

Como se está criticando, y pienso que con acierto, un jugador del recorrido y potencia de este futbolista, ha de jugar algo más adelantado, con espacio como para poder llegar a la zona del mediapunta con facilidad. De la forma en la que se dispuso en el partido, se perdía la mitad de un futbolista. Poderío disminuido, o lo que es lo mismo, centro del campo infrautilizado.

Con Jorge Alonso se ganaba un medio más creativo, que buscó constantes aperturas a las bandas, generadoras de todo el peligro vallisoletano, cuando éste llegaba. El Real Valladolid conseguía disputar los mejores momentos de juego de partido, y se hilvanaban jugadas que terminaba en ocasiones manifiestas de gol.

Una de ellas, originada en un balón servido por Jofre a Javi Guerra –desesperado durante todo el partido-, que cabeceó a bocajarro en dos ocasiones. En la segunda, pareció que el balón traspasaba la línea, aunque un soberbio Sergio Aragoneses lo sacó desde el suelo. Si no entraba ese balón, no lo haría ninguno.

Antes del cambio de Óscar por Baraja -que asimismo ha supuesto otro germen de opinión- el mediapunta salmantino remató de cabeza, en mala posición, un balón habilitado en un centro por Nauzet, parado de forma elegante por el portero tinerfeño.

El sistema, debido a la inclusión de Baraja en el centro del campo en un papel de pivote acompañante de Rubio, no funcionó. Dos pivotes de corte defensivo se situaban por detrás de un jugador organizador, Jorge Alonso, pero sin la suficiente velocidad y características que requiere un media punta al uso o un segundo delantero.

Adiós a la creación de jugadas de peligro. El conjunto pucelano no llegaba con la misma intensidad que antes del cambio, y, para más inri, Nauzet –uno de los jugadores más activos e incisivos del partido -, pidió la sustitución a favor de otro jugador de banda: Álvaro Antón.

El cambio no surtió efecto, al menos positivo. Si bien el Tenerife no llegaba, no generaba una impresión de amenaza creciente, el Real Valladolid veía que pasaban los minutos y el resultado seguía siendo peligroso. Lamentaba que la posibilidad de haber sentenciado, gracias a las ocasiones creadas en la segunda mitad, se quedó en oportunidad perdida.

Entonces, llegó la ansiedad de la que tanto habla Abel Resino. La victoria estaba más cerca que nunca, y eso les superó. No midieron de forma óptima el tramo final de partido, y el Tenerife no desaprovechó su ocasión de oro. Libre indirecto aprovechado por Iriome que, elevándose por encima de toda la defensa pucelana, remató de cabeza un balón que entró por la derecha de la meta defendida por Justo Villar.

Minuto 85, murmullos que ya despertaban y entonaban los más severos insultos hacia el equipo, y por consiguiente hacia la directiva. Personas que abandonaban sus asientos, cabizbajas, y que sentían que su equipo sufría una de las enfermedades más peligrosas en el fútbol: miedo a ganar.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Diversas formas de perder



Existen diversas formas de perder, de salir derrotado: Mediante humillación, en el último instante, por lógica, por robo...o por mala fortuna. Maneras de caer conocemos muchas. Una de las más comunes es la que vimos con el Real Valladolid en el Nuevo Arcángel de Córdoba.

Una derrota que bien podría haber sido perpetrada por una bruja oscura que hubiera lanzado un mal de ojo al conjunto blanquivioleta. Porque lo que ocurrió en Córdoba fue mala fortuna. Muy mala.

Más, cuando se vio a un equipo que jugó fuera de casa sin angustia ni miedo, y con el convencimiento de la victoria. Más, en un partido en que el equipo pucelano fue superior al rival, y gozó de ocasiones para poder llevarse algo más que un viaje envuelto en lluvia, demasiada lluvia.

Ésta fue protagonista cruel de un espectáculo alejado de lo entendido como fútbol. Un show de charcos que frenaban el esférico cuando intentaba rodar hacia la portería de Alberto García o Jacobo. Un show, que en la segunda mitad, podría haber puesto punto y final para preservar la integridad de los futbolistas, visto que de fútbol, poco.

Mientras el terreno de juego y el agua, que caía sin cesar, permanecieron en un segundo plano, el Real Valladolid pudo practicar fútbol, mejor que el Córdoba de Lucas Alcaraz. Alejado de la imagen ofrecida en otros encuentros jugados a domicilio, en éste los de Abel Resino acudieron directamente a por la victoria. Sin especular, sin mantenerse en una demostrada inútil retaguardia a la espera de un contragolpe mortal.

Un Álvaro Antón que parece resurgir gracias al técnico toledano del Real Valladolid, jugó de titular y buscó las jugadas ofensivas de los blanquivioletas. Creó peligro, ocupando la banda derecha desde la que tiró diagonales al centro donde le esperaba un Sisí que está comenzando acostumbrarse a jugar de enganche, por detrás de Javier Guerra.

El delantero malagueño protagonizó, a la media hora de partido, una de las tres jugadas más destacadas del Real Valladolid de la primera mitad, tras chutar y poner a prueba a un Alberto García, portero cordobesista, que fue uno de los jugadores más valorado de un choque pasado por agua.

El R. Valladolid quería más. Quería demostrar que aún no estaba muerto, que le ha crecido unas garras enormes, que podía dar guerra y poner el escudo que portaba en posiciones de playoffs valedoras de un hito.

Un hito que se ha alejado unos metros más según marcan los números –actualmente el equipo de Abel Resino estaría en puestos de descenso si se toman las últimas estadísticas, en las que el equipo se deja los 3 puntos en cada visita, e incluso pierde su condición de fuerte en Zorrilla, tras una racha negativa con dos derrotas consecutivas frente a Cartagena y Numancia-.

La garra y el propósito fueron mostrados hasta que el terreno de juego digo basta. Esta garra fue escenificada en dos jugadas que pudieron significar el gol visitante si no hubiera actuado perfectamente Alberto García, quien blocó un remate de Marc a la salida de un córner y un disparo del burgalés Antón.

Por parte del conjunto blanquiverde, un veloz Pepe Díaz y el vengativo Sesma intentaron contrarrestar el dominio pucelano. Ambos auspiciados por uno de los gemelos Callejón: Juanmi –el otro, José, corre por el estadio Cornellá El Prat, sin charcos que le impidan progresar-.

En el segundo período la lluvia empeoró el césped del estadio cordobesista, impidiendo que se pudiera ver algo de ambos equipos. El juego no fluía, las tarjetas amarillas sustituían a las jugadas combinadas, y finalmente se pensó en suspender el partido. Se decretó que siguiera. Espada mortal para el Real Valladolid.

Por el medio del campo se hacía inviable desplazar la pelota, zona que se iba ampliando con el paso de los minutos y de la caída continua de agua. El juego ya no tenía dueño, por lo que el Real Valladolid buscó un cambio que ofreciera alguna alternativa en un partido jugado en una piscina gigantesca.

Para ello, se marchó el extremo Jofre que no disfrutó de un partido como el jugado en Valladolid la semana anterior, e ingresó Óscar González como segundo delantero. Así, Antón se cambió de posición y dejó a Sisinio por el flanco derecho, su banda natural.

Ciertamente, los cambios ni mejoraron ni empeoraron la situación del equipo. El juego dejó de existir tiempo antes, en el momento en que los charcos que complicaron en exceso la elaboración de jugadas, se convirtieron en lagunas verdes.

No obstante, Óscar González tuvo alguna ocasión para crear peligro en la meta cordobesista y se mostró activo, al igual que un canterano, Quique, sustituto por la izquierda de un buen Álvaro Antón.

Entonces, la forma de perder que le tocaba al Real Valladolid en esta ocasión se definió. En el minuto 81, Juanmi Callejón puso un balón al área que rebotó en los pies de Peña y entró engañando al meta Jacobo.

Desde el gol, el Real Valladolid vio truncadas sus intenciones de enmienda por las continuadas pérdidas de tiempo. Tampoco en el encuentro se vio mucho fútbol, pero sí un atisbo de esperanza, de que el equipo de Abel Resino puede cambiar su dinámica y resultados con el inicio del nuevo año. Un nuevo año que ha de dibujarse completamente distinto al que estamos despidiendo.